Le gustaba mi ventana, por esa manía tan cursi que tienen las tías con los atardeceres... Así que hice un pacto con el sol, firmó un contrato y se lo regalé.
Podía pasarse horas e incluso días hablando de sus historias, y me dió la opción de cambiar todos los días malos que habíamos pasado por la noche en que nos conocimos.
Le dije que sí.

El chocolate, la música, los libros con portadas bonitas, las películas, las fotos, el mar, la lluvia, la nieve, los zapatos, los pendientes, el otoño, las fresas, los cacahuetes y su sonrisa.